La evasión no aparece en mi obra como una huida simple, sino como el espacio contradictorio donde conviven el deseo de salir y el temor de hacerlo.

La evasión atraviesa mi trabajo como una forma ambigua de relación con la experiencia: una manera de apartarse, pero también de permanecer cerca de aquello que todavía no puede ser afrontado. Me interesa pensar ese movimiento no como una fuga definitiva, sino como una zona de suspensión donde conviven el deseo, el temor, la memoria y la negación.

La imagen deja de funcionar como documento estable y empieza a operar como síntoma; una superficie donde se mezclan el recuerdo, el anhelo y el resquemor.

En mis proyectos, la evasión no es solamente una huida, sino también una forma de permanecer en aquello que todavía no puede ser nombrado. En algunas obras se vincula con la dificultad de reconocer una experiencia traumática. En otras, la fantasía de una salida rápida, el desamor, el consumo, el juego, la deriva o la promesa de desaparecer por un instante de la propia vida cotidiana.

Trabajo con imágenes que muchas veces ya existen, pero que al ser recontextualizadas pierden su aparente transparencia. Me inquieta alterar su cadena de sentido, volverlas inestables, hacer que oscilen entre testimonio y ficción, entre documento y construcción. En ese desplazamiento, la imagen no revela del todo: encubre, insiste, falla, se repite.

Mis obras construyen escenas donde el sujeto parece estar siempre en tensión entre afrontar un deseo mayor y retirarse de él. Esa disyuntiva —entre avanzar y evadirse, entre mirar y no mirar, entre saber y no querer saber— es el territorio donde se organiza mi práctica.