“y en el cartel, con letras que hacen

  juego con el color de las cortinas están las palabras

ESTO NO ES UNA SALIDA”

 (final de American Psycho, de Bret Easton Ellis, escritor, Los Ángeles, EEUU, 1964)

La obra abre una escena sin bordes: un mundo que desborda el encuadre y se derrama en la sala. La imagen es arquitectura brutalista y se imprime en una sucesión de planos donde la repetición funda su propio tiempo. El hormigón no describe: impone un orden rítmico. Las imágenes respiran en módulos, en pulsos, en insistencias: memoria y permanencia como materia.

En esa trama diluida, asoman sombras de M.C. Escher (artista visual, Leeuwarden, Países Bajos, 1898-1972) y del imaginario geométrico del videojuego “Fragmentos de Euclides” de Alice Zanuttini (desarrolladora de videojuegos, Paris, Francia, 1984): simetrías, rotaciones, traslaciones y transformaciones isométricas. Miño distorsiona lo visual: la perspectiva se fractura, los planos se pliegan. La geometría aparece como promesa de estabilidad y se revela como trampa perceptiva. Por momentos, la mirada sobrevuela —casi dron— y el espacio se vuelve un diagrama en movimiento.

El diseño sonoro de Amadeo Azar (artista visual, Mar del Plata, Buenos Aires, 1972) no ilustra: edifica. Modela distancias, abre pasillos, levanta presiones en el aire. El sonido no sólo se escucha: se siente en el cuerpo como vibración, empuje y latido. Lo sonoro no envuelve: atraviesa.

La video instalación compone una morfología de escalas —imágenes de distintos tamaños— y un vaivén entre proyección y emisión. La distorsión del punto de vista conversa con la vanguardia cinematográfica; el blanco y negro contrastado roza el Cine Noir de los años 40´s y 50´s. El espectador entra en un laberinto donde el tiempo se desarma y el sonido captura la materia misma de la mirada.

¿Qué diré de ella, que es hermosa o atroz?

Nathaniel Hawthorne

 

 

Como en un plano secuencia que se extiende sin corte, las obras están en la sala como si los cuerpos aparecieran aquí en su insistencia. No se trata de personajes que dialogan, sino de presencias que gritan incluso en silencio. La muestra funciona como un montaje poético. En el cine es el tipo de montaje donde la emoción se manifiesta por sobre una narrativa lineal. Las obras funcionan como fragmentos dispersos que, al unirse, construyen un relato coral. El sonido de la obra de Lucila Mayol atraviesa el espacio expositivo como si fuera una sala oscura. Afecta el espacio y se convierte en la banda sonora de un ámbito que va más allá de la representación de un cuerpo, de la evidencia de una potencia política, de su fragilidad expuesta y de su condición de archivo vivo.

De 1966 a 2025: casi sesenta años de historia entre el siglo XX y el siglo XXI. Ana Mendieta tan viva como actual; Marie Louise Alemann y una obra que es la abuela de la IA; Nicola Costantino y su representación del doppelgänger en tiempos de Instagram; el título de la obra de Pilar Albarracín, ya arde como declaración; ORLAN y la resignificación de la selfie; Maresca con un collage tan contemporáneo que duele. Mayol desborda la sala, sonora y visualmente. Vieytes De Simone pone el cuerpo en un blanco y negro punzante. La muestra, como storytelling, cierra un guion perfecto con las bocanadas de Sacco.

Aquí el fuera de campo es decisivo: lo que no vemos ni escuchamos se adivina en cada gesto. Como en el cine, el corte sugiere más de lo que muestra. Las femineidades se despliegan en este relato como protagonistas múltiples, capaces de romper con la linealidad narrativa y abrir un espacio para lo indócil, lo inesperado, lo inasible.

El grito de los cuerpos es, entonces, una película sin sonido y sin fin, donde la imagen late como eco, donde lo cinematográfico se vuelve corporal y lo corporal, cinematográfico, político, eterno y necesario para pensarnos: dónde estamos, quiénes somos y… ¿qué gritar?

Una interrogación para que este texto se vuelva una resonancia, una pregunta o una duda. La marca conductual entre lo magistral y la potencia del arte emergente. Nueve mujeres que son necesarias para entender una contemporaneidad frágil.